Desvaríos

Periodismo sin ismos

Las nuevas tecnologías pueden aportar muchísimas soluciones y desventajas, pero el mayor reto del periodista hoy es disponer y garantizar que su trabajo se ponga al servicio de la sociedad y alejarlo de injerencias externas

Vaya por delante una aclaración ante el muy probable asombro del lector recién enterado de que nací en el 91: que no me gusten los enchufes no quiere decir que no reconozca sus ventajas. Sencillamente prefiero pasar mi tiempo libre lo más alejado posible de una pantalla, aunque por lo visto pocos consiguen entrever la sencillez o el sentido de esta decisión, y vuelven a preguntar por mi fecha de nacimiento y a arquear las cejas ante la respuesta.

Y no: ni soy amish, ni ejemplo de este individuo contracultural-posmoderno que le hace la guerra al fútbol y la televisión para dárselas de erudito-alternativo-concienciado —¿qué le hago, si me aburre la televisión y el fútbol me importa un carajo? Que la tecnología digital llega para ofrecernos su eficacia en la resolución de un montón de conflictos es innegable. Pero creo que dicha idea de solución no debe degenerar hasta el solucionismo, y temo que ya lo hemos alcanzado con creces. Por decirlo fácil: no me molesta la tecnología sino la absoluta sublevación sin control a ella.

Como podríamos debatir hasta aburrir sobre las numerosas situaciones —relaciones personales, enseñanza, cultura, etc.— donde las nuevas tecnologías vienen a funcionar como un sustituto (y no complemento) más que discutible, y contando con infinidad de opiniones de expertos en la materia mejores que la mía, intentaré todo lo contrario: verle la cara bonita a las nuevas tecnologías aplicadas a lo que es lo mío, el periodismo.

Para empezar, lo que considero que verdaderamente está en juego no es un cambio de paradigma, ni la hibridación de formatos, ni la extinción de géneros basados en contenidos profundos, ni la evolución de métodos tradicionales de transmisión de información por profesionales cualificados para ello (periodistas) a través de canales diseñados específicamente para esa tarea (medios de comunicación).

Lo que me parece que peligra es, directamente, la razón de ser del propio ejercicio periodístico: la libre circulación de información al servicio de la sociedad democrática, la comunicación no sometida a intereses personales discriminatorios. Esta debería ser nuestra única preocupación como profesionales de la comunicación (y ciudadanos). Y aunque considero que la pan-digitalización está contribuyendo —en algunos casos— a quitarle esta idea de la cabeza a nuestra profesión —por una serie de motivos que darían para otra discusión—, el periodista que resista como su defensor, ya sea con un ordenador, una libreta, un smartphone o un blog por arma, bienvenido sea. Hablemos de éste último.

© CC BY-SA Esther Vargas, 2012

Lo digital ha roto moldes en la profesión, también para mejor. Me gusta y comparto la opinión de periodistas de larga carrera como Carlos Mármol: la irrupción del fenómeno blogging ha supuesto una cura de humildad al periodista de rutinas tradicionales, hasta entonces respaldado por la omnipotencia de un medio fuerte, que ahora se encuentra menos protegido. Pero el periodista de valores firmes, el que ve con claridad la dirección y los objetivos, entiende el hecho como una oportunidad para hacer su trabajo antes que como una amenaza. O incluso asume la amenaza y la incertidumbre si con ello gana en libertad.

Dijo una vez David Gistau que el trauma del periodista era pasar desapercibido. En la red todo se sabe o puede saberse, pero también cuesta abrirse camino por tan vasta jungla atiborrada de constantes novedades. En el caso del plumilla novato, el blog personal funciona como una plataforma excelente para darse a conocer —como profesional, entiéndase— y dar visibilidad a sus proyectos, la mayoría, con total seguridad, desechados en las anquilosadas redacciones de los papeles; por tanto, se presenta también como un espacio inmejorable para experimentar, como taller de pruebas en su etapa básica de aprendizaje.

La gracia del aprendizaje está en la figura de aquel maestro que no exige sino que tutela, que no actúa como cortapisa de la creatividad y la espontaneidad intelectual del alumno, sino como guía y crítico de sus progresos. Traducido al campo periodístico, la gracia del blog es el feedback, la posibilidad de interacción inmediata entre periodista y lectores. Siendo así, las redes sociales se convierten en condición indispensable para el incremento de su difusión, aunque puedan existan lectores que lleguen a la información saltándose este paso.

Paradoja: hay quien señala una mayor interacción del lector con el mensaje periodístico en sitios no diseñados específicamente para ello, como puede ocurrir en los comentarios de Flickr, Facebook o Twitter, mientras que los espacios reservados a esta actividad en blogs y otros medios de comunicación están en silencio.

Otra aparente amenaza que el buen periodista sabrá revertir en oportunidad: el estrés que impone la red con su ritmo. Como explica Fran G. Matute, promotor de una exitosa revista de crítica literaria —ha leído bien: éxito y literatura en nuestros días— el blog puede desesperar a su autor en el buen sentido, ya que le exige generar contenido con mucha regularidad. En manos de éste estará determinar la chicha de aquél.

Y en resumen, sirva este inventario de funciones como algunas de las soluciones que el espacio digital puede ofrecer al periodista. A pesar de mi proclamada reticencia, la confianza en muchas de sus posibilidades es tan sincera que aquí me (leen) ven. Sigo anteponiendo la calidad impuntual a la inmediatez sin ella, desconfiando de quien se anuncia como testigo neutral ante una historia llena de dobleces y recovecos, convencido de la necesidad de poner el pie en la calle para conocer y no solo saber…, y sigo creyendo, sin que suponga oposición a la existencia de alternativas, que el papel es capaz de ofrecer todo esto. Será que me gusta sentirme mamífero cuando leo.

Puede que me equivoque y ojalá así sea —pobre sería yo si mantuviera verdades inamovibles a mis 22—, pero si dispongo de una certeza en mi corta experiencia vital y profesional es esta: el periodismo que toma partido por un libro de cuentas y por sus fieles acólitos antes que por la defensa de los derechos de la sociedad a la que se dirige abdica ipso facto de su naturaleza.

Salvaguardar el papel —no es una orden subliminal— del ejercicio periodístico revestido con la función que da nombre a esta bitácora es el reto único al que se enfrenta el periodista hoy, y poco importa en comparación que el lector o usuario demandante de este servicio se manche o no de tinta las yemas de los dedos. Es algo que no me cansaré jamás de repetir. ¿Qué quieren? Me gusta mucho (mi vocación) mi profesión.

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